
Escrito por Carolina Grandela.
Estambul, ciudad con mucha personalidad, cambiante, llena de contrastes y contradicciones.
Su peso histórico se siente latente.
Su identidad cultural es un crisol de formas de vida, todas cohabitando a las mil maravillas, y formando una única estampa colorida y vibrante.
Estambul rebosa vida.
Su riqueza arquitectónica, su cielo limpio y siempre abierto, sus puestas de sol jugando a contraluz con las siluetas de las mezquitas y sus minaretes, acompañados, para delicia de los oídos, de las llamadas del Mohacín a la oración que cruzadas de una mezquita a otra, pareciera que dialogaran entre ellas; el siempre romántico Bósforo; la vitalidad de sus gentes y sus noches estrelladas, hacen de Estambul un lugar único y muy especial.

En la parte histórica de la ciudad, se vive un cuento Otomano, sobre todo en el barrio de Sultanahmet, donde encontramos “el viejo Estambul”, en cuanto se pasea y se visitan sus monumentos, palacios y mezquitas, (eco de una forma de vida ya extinta pero que a todos cautiva por su elegancia, su derroche de ostentación y buen gusto arquitectónico, sus mil rincones y ese arte para crear ambientes tan mágicos). No extraña que sea Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Hay que quitarse el sombrero ante la gran Aya Sofía (Santa Sofía), la mamá de las mezquitas, actualmente museo. La imaginación se dispara con tanto detalle con tanta sabiduría impregnada, con tanto suceso acontecido, y con su energía portadora de un aura de majestuosidad correspondiente a la reina de los monumentos en una extensa supervivencia como la suya.
Como mezquitas activas, la Mezquita Azul (Sultanahmet), es increíble. Asistir a una llamada de oración, ver como los fieles acuden, forman filas y comienzan sus rezos, todos orientados a la Meca, impresiona por su clamor. Las mujeres comparten distinto espacio que los hombres, generalmente están detrás. Es una mezquita preciosa, y sus luces un regalo. Relaja tanto que podría uno pasarse allí una tarde entera sentado en esas alfombras tan mulliditas que invitan a ello. Idóneo para la reflexión. Hay mucho turismo árabe musulmán en las mezquitas, mucho más que en otros lugares también turísticos donde abundan más occidentales.

Es, sin duda, la parte histórica de Estambul la más turística, pero así lo merece.
Las turcas allí son más tradicionales, van tapadas y llevan velo pero son muy coloridas en su vestir y gustan de llevar ropa más ajustada; tienen su propio estilo. En cambio, en cuanto se cruza el Bósforo, uno se adentra en la parte nueva y de repente, se encuentra en casa. En la calle Istiklal encontramos la zona comercial, que es como cualquier centro de ciudad europea, sin ninguna diferencia salvo los carteles escritos en turco o el nombre de las calles; por lo demás es igualito, con sus tiendas tipo Calcedonia, su McDonalds, sus tiendas de moda con marcas italianas a la última, y su trajín constante de gente joven que van vestidos absolutamente a la europea.
Esta calle finaliza en la Plaza Taksim que se considera el corazón del Estambul moderno. En esta parte de la ciudad, se ven más turcas guapas, pues se arreglan mucho y junto a su estilo de morenazas muestran toda su belleza. En esta parte de la ciudad se ven mujeres trabajando mientras que en la parte histórica (más conservadora) casi no ves.

Pero sin duda, lo que más me ha enganchado de Estambul es su vida callejera.
Pasear por el Puente de Galata, hacer vida de calle. Ver a los pescadores que se echan allí el día y la noche, los barquitos meciéndose constantemente, los que te hacen a la brasa el género recién pescado y te lo venden metido en un bocadillo, que resulta de lo más rico del mundo. Tantos y tantos puestos callejeros, (las mazorcas de maíz, los mejillones crudos con limón, los baklava, las roscas, los bocadillos de pescado…).
Bullicio…. Pero con su sazón. Colores, olores, movimiento, risas y miradas.
Sus miradas merecen mención aparte… ¡Qué miradas tienen los turcos! Y ¡qué guapos son!. Ellos tienen un porte elegante, a la par que cercano, una belleza masculina muy atractiva y unos ojos que atrapan. No me extraña que muchos turcos tengan enamoradas españolas, ya que cautivan con esos ojos y sus miradas.
Con el pueblo turco de Estambul compartimos humor, comunicación y maneras. Esto llama la atención; la cercanía con nosotros, sin ser pueblo mediterráneo pero que sorprendentemente también poseen muchas de nuestras expresiones, como el gusto por la comida y la buena comida, las celebraciones populares, la familia, los amigos, los cánticos y el Raki (aguardiente turco, bebida nacional). Son pasionales como nosotros. En las fiestas del pueblo ellos bailan formando un corro, que cada vez va ampliándose más, con la llegada de nuevos integrantes, que suben y bajan brazos mientras mueven hombros, a la vez que el corro rota hacia la derecha con pasos simples y un poco saltados (auténticas pinceladas tanto de Dabke libanés como de algunas danzas griegas) a ritmo de la música popular que toca la banda de turno.

Su hospitalidad, su cordialidad, simpatía y proximidad hacia el turista, hacen que uno se sienta fenomenal paseando entre ellos.
Hay que decir, que Estambul emerge económicamente como ciudad, en parte gracias al turismo, que aporta una fuente importante de ingreso y del que viven muchos turcos.
Por eso se desviven con el turista. En concreto los españoles somos muy queridos allí por nuestro derroche de generosidad que va con nuestra personalidad, ya que a diferencia otros turistas que compran solo para ellos, nosotros compramos para nosotros lo que se nos ha antojado, y además compramos regalos para llevar a nuestros seres queridos, porque somos así (ante tanta cosa bonita te acuerdas de todos los que allí no están y compras esto para tu hermana, y esto otro para tu amigo, etc). Por eso, todos hablan español en las zonas turísticas, y lo hablan muy bien.
Puedes estar un día entero metido en el Gran Bazar y aún más, si te gustan las compras y el arte del regateo. Pero también es otro viaje pasear el Mercado de las Especias o antiguo mercado egipcio. Allí de nuevo parece que estás en otro lugar.
En todo Estambul hay cien mil recovecos donde puedes encontrar múltiples formas de vida, todas distintas y en la misma ciudad.
Los cruceros nocturnos por el Bósforo, disfrutando del aura de magia que flota en el ambiente con las mezquitas iluminadas, parece de cuento.
Estambul es también muy romántico, a diferencia de Venecia o de París, el romanticismo de Estambul es fuerte, idílico y contradictorio, como la propia ciudad, evocador a la vez que real. En Estambul te enamoras.
Con respecto a la danza, mejor será informarse bien antes de ir a ver un espectáculo de giro Derviche a una Sema. Porque los hay malos y para el turista, por eso es mejor informarse bien.
Para ver Danza Oriental, tendrás que ir a un lugar de alterne y topless; o bien a una cena programada para turistas, pero yo no lo recomiendo ya que el cubierto te sale por un ojo de la cara y la calidad de la cena y la bailarina dejan mucho que desear. Solo hay que ver la publicidad… echa para atrás.
Hay otra opción, que no es conocida, pero que investigué y es acudir a la asociación de danza Dance of Colour en el Centro Cultural FKM en el barrio de Çemberlitas, donde (a partir de septiembre) realizan muestras semanales de distintas danzas turcas con música en vivo. No es fácil de encontrar y también puedes tener problemas a la hora de comunicarte porque está metido en la zona turca de la ciudad, y poca gente allí habla inglés.
El Palacio Topkapi, es el vestigio más fidedigno de la época de máximo esplendor del Imperio Otomano. Si la Alhambra de Granada nos impresiona, Topkapi nos deja directamente sin habla. Es inmenso y allí podían llegar a vivir allí 6000 personas. En su Harén convivieron hasta 300 mujeres entre esposas, concubinas, favoritas y esclavas. Todas dueñas de un mismo Sultán.
Tanto rincón, tanta puerta oculta, tanto secretismo… Allí se protagonizaron historias, enredos, estrategias, envidias y un largo etcétera de sucesos totalmente apasionantes. Hay un libro muy recomendable que narra la vida del final del Imperio Otomano, a través de los ojos de la última Sultana, se llama “De parte de la Princesa Muerta” de Kenizee Mourad, y parte de las vivencias del libro se desarrollan en Topkapi.
En la Cisterna Basílica construida en 532 te encuentras con una muestra del buen hacer de los Bizantinos, única. Está perfectamente conservada, tiene dos columnas con la cabeza de Medusa. Visitar la Cisterna en verano se hace muy agradable por su fresca temperatura, que contrasta con el calorazo de la calle.
Al estar Estambul colocado tan estratégicamente (con una parte de la ciudad en Europa y otra en Asia), y rodeado de aguas (Mar de Mármara, Estrecho del Bósfroro, Mar Negro); tiene un transporte fluvial y marítimo muy bueno y por tanto un intercambio cultural constante. Un crucerito a cualquier hora, o bien cruzar a Asia o visitar las Islas Príncipes está al alcance de cualquiera.
Las Islas Príncipe o de la Princesa se encuentran en el mar de Mármara y eran antigua residencia de los Sultanes y personalidades importantes y adineradas.
Hoy en día aún se ven las enormes residencias de verano, con ese toque decadente de aquello que fue resplandeciente y hoy forma parte del paisaje como un elemento más, que te acercan a imaginar como eran sus vidas en verano en estas bellas islas donde no hay coches y todo es verde y mar. Eso sí, no hay playas de arena.
Para mí, una de las experiencias más divertidas ha sido alquilar un tándem (si tienes una pareja con quien pedalear te lo recomiendo) y recorrer la isla de ensueño… lo mejor.
El final de la jornada también tiene su propio encanto, mimetizados con un tiempo ralentizado, una partida eterna de backgammon o de ajedrez, disfrutando de la compañía, y fumando rico tabaco de manzana o plátano en un gran narguile a la vez que bebemos el último çay de la noche, también forman parte de este mágico cuento.
¡Y colorín-colorado este cuento se ha acabado!
Septiembre’2007
Carolina Grandela
Profesora de Danza Oriental
carolina@grandela.com
678369681
